Un cuchillo en el cuello



En 2016 participé del Segundo Concurso de Cuentos Policiales y de Terror de la Editorial Sopa de Letras.

Mi relato Un cuchillo en el cuello obtuvo una mención y forma parte de la antología 30 crímenes digitales.


Comparto el relato a continuación:

Un cuchillo en el cuello
El viejo va a salir en un rato.
Estamos en julio, un frío que no se puede creer; sin embargo, transpiro. La frente, las manos, el cuello. El Sapo dice que eso pasa cuando está cerca, cuando falta poco para que ocurra. Tiene razón.
El viejo va a salir en un rato y yo ya estoy transpirando. Pero eso no es todo, me ha dicho el Sapo. No es todo lo que te pasa cuando vas a dar un golpe. Dar un golpe, le dice el Sapo a esto. Pero no es todo lo que me va a pasar, me ha dicho hoy a la siesta, sentados a una mesa de chapa, en el fondo de su casa.
Después, según el Sapo, me voy a fijar en todo, en lo más mínimo. El tiempo me va a pasar lento, lento, muy lento. Primero un auto, lento, se va a perder en alguna esquina. Siempre en cámara lenta, como en las películas o la repetición de los goles en la tele, según el Sapo. Después una persona, siempre una sola persona, va a pasar caminando despacio. Me va a mirar. Lento. Y yo la voy a mirar, lento. Hasta puede ser que me salude antes de alejarse, caminando sin el más mínimo apuro. Yo tengo que mover la cabeza, un movimiento que me va a parecer lento, y esperar a que se pierda por una esquina.
No me tengo que distraer. Es importante que tenga la mirada, la fuerza, el hambre, todo puesto sobre la presa. Somos leones, ha dicho el Sapo, somos perros hambrientos. Él no sabe, pero en ese momento me han dado ganas de agarrar el cuchillo y salir a cazar. Todavía siento que se me ponen los pelos de punta. Me pasó lo mismo esa vez que metí un gol para Argentinos del Norte, en la final de la liga, y la gente me abrazaba y me decía Romero de mi vida y todo eso. Romero, el nueve de Argentinos del Norte estaba en cana. Un negro de pelo largo, como yo antes de cortarme y teñirme. El finado López me había buscado la tarde anterior y me había preguntado si quería ganarme unos mangos. Lo único que tenía que hacer era imaginarme que estaba jugando por el cajón de cervezas, como todos los sábados. Pan comido, don López.
Esa noche me acosté temprano, pensando que al otro día todos iban a decirme Romero. Y pasó que, al otro día, el presidente me dio la mano y me dijo Romero. Era un gordo con pinta de fulero, pantalón claro y camisa, al que todos le decían “El Presi”.
López me ha dicho que sos bueno, ojalá para el año puedas jugar para nosotros. ¿En dónde tenés la firma?, me dijo El Presi.
Nunca he jugado en la liga, le respondí.
Bueno, Romero, todo depende de vos. Ya te habrá dicho López que el referí está con vos. Tampoco la pavada, pero por ahí te ayuda con un penal ¿Entendés?
Sí, Presi, le dije. Me dio una vincha verde fluo y me dijo que me la pusiera.
Romero la usa siempre. O sea, vos… jajaja.
Me puse la vincha. Me miró y largó una carcajada. Los negritos son todos iguales, idénticos, así que nadie lo va reconocer, le dijo al finado López, antes de irse.
Dos horas después me abrazaba mientras dábamos la vuelta olímpica. Yo iba con esa sensación que he tenido hoy, cuando el Sapo me ha dicho que me concentrara en la presa. O sea, el viejo que ahora está apagando las luces.
Casi todas las luces, porque la del frente siempre queda prendida. Eso ya está estudiado, como siempre, por el Sapo. Ahí está la camarita y todo eso. Pero todo va a pasar fuera de la luz, como me ha indicado el Sapo.
El viejo va a salir de la ferretería, va a cerrar todo y va a caminar media cuadra por la Santiago, hasta llegar a la esquina. Va a doblar por la Suipacha, que es la calle que corre de norte a sur. Por esa calle, a mitad de cuadra, tiene la camioneta.
La idea es que no llegue. Hay tres naranjos que te tapan la luz, antes de llegar a la esquina. Ahí lo tenés que cruzar. Ok, Sapo, en cuanto el viejo cierre todo, corro hasta ahí y le saco toda la guita.
No, no hay guita. Es una cartera. Eso le tenés que sacar, nada más.
Al Sapo no le gusta dejar detalles librados al azar.
Para eso me paso horas pensando, mirando, revisando. No seas pelotudo, me ha dicho el Sapo. Estábamos solos, cerveza de por medio, debajo de un siempreverde.
Él me va a esperar en una CG roja, sin patente, detrás de la camioneta del viejo, de mi presa. Venís con la cartera o te metés el cuchillo en el cuello, vos sabrás cómo manejarlo, me ha dicho hace un rato y se ha ido.
Casi no pasan autos. El viejo ya ha cerrado, pero todavía está adentro. Una mujer le golpea el vidrio, el viejo se acerca. Charlan un rato y ella se va. Ahora apaga casi todas las luces. Deja un reflector prendido, que alumbra justo la puerta de entrada. Al lado del reflector, arriba o abajo, no sé, hay una camarita que graba todo lo que pasa en la vereda. La gente de la seguridad está en todas. O en casi todas.
La mujer que ha charlado con el viejo camina a mis espaldas. Estoy apoyado en uno de los naranjos, fuera del alcance de las luces de la calle. Parece no tener apuro. Escucho sus pasos, cada vez más cerca. Me doy vuelta, con cuidado, lento, y la veo acercarse. Mi mano derecha roza el cabo del cuchillo, calzado entre mi cadera y el elástico del pantalón. A ver, tía, me toca y la pico para empanadas.
Está cada vez más cerca, y cuando la tengo en frente se detiene y me mira. Nos miramos. Pasan dos autos, la luz nos convierte en sombras, sólo por unos segundos. Ella vuelve a caminar, yo la saludo sin obtener respuesta de su parte, y la veo alejarse.
Ahora vuelvo a tener todos los sentidos puestos en la presa, como me ha dicho el Sapo, y mi mano en la cintura, apoyada sobre el cabo de mi cuchillo. Ni grande ni chico. Barato, eso sí. Lo compré en un bazar del centro, hace dos semanas, a quince pesos.
Así está bien, me dijo el Sapo cuando se lo mostré. Que meta miedo y te sirva para clavarlo en el cogote si es necesario. Pero ojo, sólo si es necesario. Mirá que a mí me tenés que justificar cada gotita de sangre que no haya estado en los planes.
En eso pienso, mientras cruzamos la ciudad en la CG del Sapo, en las manchas de sangre que tengo en la manga de mi campera y la pierna derecha de mi pantalón. En el cuchillo, hundido en el cogote del viejo.
Hasta hoy, no lo había usado más que para pelar naranjas o cortar un pedazo de asado. La hoja debe estar hecha con algún metal barato, porque es gris. Tiene manchas oscuras y unas letras negras (tramontina carbon steel Brasil, rezan). No brilla. Lo descubrí hoy, al mediodía, mientras intentaba sacarle filo con una piedra. El Sapo, en cambio, tiene un puñal de acero inoxidable, filoso como una gillete, con cabo de asta. Todo brilla en el Sapo: los anillos, las cadenas que usa. Hasta los fierros brillan, uno puede ver sus ojos reflejados en el caño y en los detalles de la culata.
Me había dicho que él podía gastar la sangre del mundo, si se le antojaba. Pero yo tenía que salir limpito, con la cartera del viejo bajo el brazo. El me iba a estar esperando con la moto lista. En su casa repartiríamos, y todos contentos.
Todos contentos, salvo el viejo que ahora cierra los candados de la reja y se guarda el manojo de llaves. Comienza a caminar despacio, ni siquiera se fija si tiene alguien cerca. A mí me va a ver cuando ya no tenga tiempo de reaccionar.
El Sapo dice que cuando uno está en pleno laburo se siente como si fuera otro, como si estuviera soñando. Me dijo que no me voy dar cuenta, que voy a funcionar de manera automática. Por eso es importante saber bien lo que tengo que hacer. Y yo sé bien que no es la guita, ni la camioneta: es la cartera, y en eso fijo la vista.
Vas a ver la presa, te abalanzás y todo va a pasar sin que puedas controlarlo. Es así, siempre, me dice. Se llama adrenalina. Es más lindo que coger. Al rato vas a creer que has estado soñando, que no has sido vos el que ha hecho semejante desastre. Así funciona.
Ya se me seca la boca, como me ha dicho el Sapo. Sabe mucho, no hay con qué darle. Empuño el cuchillo, dejo pasar un auto y cruzo la calle justo cuando el viejo está por doblar la esquina.
La mirada fija en la cartera, y de repente todo pasa sin que pueda controlarlo.