Una misma lluvia


Esa tarde nos refugiamos de la misma lluvia. Los charcos brillaban como trozos de un espejo roto sobre la avenida. Un espejo roto que se rompía en mil más cuando un auto le pasaba por encima. Pero se armaba de nuevo, un rato después, y volvía a pasar otro auto y así...

No lo mirabas de esa forma. Era otra cosa, según me dijiste después. Y sé que pensás que no te entiendo y que alguien más, en algún lugar del mundo, siente la lluvia como vos. No vas a creerme si te digo que ayer escuché a un amigo hablar de lo mismo y me asustó la idea.

Me señalaste la vereda: las gotas se estrellaban sobre un charco y formaban círculos, anillos. Tienen ritmo, me dijiste. Yo te miré. Habíamos estado hablando antes y no me había hecho bien. Tenía ganas de irme, de olvidarme de vos y de todos por un rato. Precisaba caminar bajo la lluvia, que me limpiara, y amanecer como todo lo que ha sido tocado por sus gotas: limpio, cristalino, renovado y fresco.

Las luces de la calle se habían prendido un rato antes. Las nubes oscuras parecían muy bajas y por un momento pensé que si levantaba mi mano podría tocarlas. Pero no hice nada de eso, me limité a responderte que todo en la vida tiene ritmo, todo.

Tienen ritmo, mirá, me dijiste. Y otro auto rompía un charco y las gotas de agua sucia caían cerca de nuestros pies. Nos alejamos unos pasos y nos apoyamos contra una pared. Desde ahí me señalabas los charcos y me exponías una extraña teoría del ritmo de las gotas.

Te miraba sin escucharte.

Hasta que dijiste que éramos como todo eso.

Como la lluvia, como el ritmo, como las gotas al caer.

Y yo pensé que debía prestarte un poco más de atención, porque me serviría para escribir un buen cuento, con una escena verídica y con algo interesante para contar. Quienes lo leyeran creerían que eso realmente había ocurrido, pero yo agregaría hechos y palabras inventados por mí y, al final, les quedaría la duda y no sabrían si se trataba de una confesión o un simple relato de ficción.

Y sólo escuché que decías "algún día vamos a llover así”. Sólo eso y algo más, a lo que respondí que lo importante era que lloviera.

Vos te subiste a uno de esos taxis rompe charcos y yo me quedé un rato más, repasando nuestra charla en mi cabeza. Iba a llegar a casa, iba a prender mi PC y escribiría todo tal cual lo habíamos hablado.

Pero tampoco lo hice. Olvidé la mayor parte de lo que dijiste y en mí sólo quedó la ciudad con sus nubes más bien bajas y el reflejo de las luces sobre los charcos, con todo lo que eso implica. De esa tarde y su lluvia sólo quedó esto, que vas a leer en cualquier momento.