Noche buena


A mi papá nunca le gustaron las fiestas. Pero esa vez, quizá porque sabía de antemano cómo iba a terminar todo, se preocupó porque festejáramos la Nochebuena.

Eran casi las diez de la noche cuando mi hermana comenzó a preparar la cena: pollo asado con papas y algunos sanguches. Eso era suficiente para nosotros tres; nunca nos visitaban, menos esa noche.

Afuera podían verse demasiadas estrellas; y la luna, decreciendo a medida que se alejaba de los cerros y se acercaba al cenit. Yo había improvisado un pesebre y mi hermana se había encargado de adornarlo con luces. Papá lo veía todo desde un rincón: su lugar en el mundo desde el último año.

Mientras asaba el pollo, mi hermana bebía vino. De repente, salió de la cocina y me gritó que adornáramos a papá.

—Si la casa está tan linda ¿por qué no lo adornamos al papá? —dijo.

Me quedé callado. Caminé hasta el comedor y vi que se abrazaban, sonreían, y papá le acariciaba el pelo. Me quedé parado unos segundos; él me miró, enarcó las cejas: le devolví la mirada, sonreí, me hice cómplice.

—¿Cómo es eso de adornarlo al viejo? —pregunté.

—No me van a colgar luces ¿verdad? —dijo papá, y nos reímos.

—Claro que no —interrumpió mi hermana, y miró hacia la pieza—. ¡El ropero! —gritó.

Entré a la pieza y abrí el ropero. Estaba semivacío, la ropa de mamá había desaparecido sin que yo lo supiera; había dos trajes, uno gris, el otro negro. Elegí el gris, una camisa blanca, una corbata gris y los zapatos negros. Cuando me vieron llegar al comedor, sonrieron.

Habían pasado diez minutos de las once cuando comencé a vestirlo. Mi hermana había vuelto a la cocina. La casa ya olía a pollo asado.

Sin moverlo de su rincón, le puse la camisa, el pantalón y el saco. Noté que él me dejaba hacer. Los zapatos y la corbata se los puso sin mi ayuda. La ropa olía demasiado a naftalina, así que la rocié con mi perfume.

Entré a la cocina. Mi hermana acababa de servir vino en un vaso y me lo alcanzaba. Tomé un trago y le dije que faltaba poco para la medianoche.

—Entonces preparate… ¿te viste la cara? ¿Hace cuánto que no te afeitás?

Me rasqué la barba y asentí. La miré un rato. No hablé; me fui, entré al baño. Me afeité y me peiné. No pensaba bañarme, me puse una camisa limpia y me perfumé. Me miré al espejo, trataba de reconocerme, me buscaba. Pensaba en la repentina felicidad de mi hermana, en la inexplicable actitud de papá, complaciéndola en todo lo que a ella se le ocurriese. Pensaba en mi mamá, en la última navidad que compartimos: ella no sabía que era la última. Papá, como siempre, había hecho hasta lo imposible para que esa noche fuera angustiosa, como todas las fiestas anteriores.

Volví a mirarme al espejo. Bien podría arruinar esta noche, como él le había arruinado la última Nochebuena a mamá. Claro, quizá si él hubiera sabido que aquella era la última, se hubiera comportado de otra manera. Pero no fue así, y actuamos como siempre, pensando que quizá la próxima sería mejor. Esta vez, nadie iba a cometer el mismo error.

Salí del baño. Me esperaban con los vasos llenos de vino. Era casi la medianoche. Agarré el mío y lo levanté. Yo era el único que estaba de pie; papá sólo se paraba para ir de la cama a su rincón, de su rincón al baño o a la cama. A través de la ventana vi que el cielo se iluminaba. Miré a mi hermana, sus ojos buscaban algo en el techo; miré la corbata, parte del saco y la camisa de papá.

—Feliz navidad —dijo él. Yo repetí esas palabras y me tomé todo el vino de un trago.

Buscaba algún gesto, alguna señal en su cara. Él miraba hacia afuera, los fuegos artificiales iluminaban el cielo. Me serví otro vaso de vino, lo bebí de un trago y lo llené de nuevo. Comimos en silencio. La madrugada nos traía la música de casas lejanas.

Dos horas después, mi hermana dormía sobre la mesa. La llevé, la dejé en su cama; entre sueños dijo algo inentendible y no se movió más. Cuando volví al comedor, papá no estaba. Sobre la mesa, dos botellas de vino vacías y una a la mitad.

Me senté, eché en mi vaso los restos de vino de los otros vasos y tomé. Después liquidé lo que había en la botella. Me quedé mirando la etiqueta de las botellas, leyendo y repitiendo en voz baja cada palabra, cada número.

Mi hermana me despertó cuando ya era la tarde. Me dijo que ellos ya habían almorzado y que había quedado algo de pollo. Usaba el vestido floreado que mamá se había puesto la última navidad.

Él estaba en su rincón, como siempre.

Me paré, los miré y, sin hablar, me metí en mi pieza y volví a dormirme.