Muy Carver


Mientras, la veo empujar la puerta desde adentro, como si ignorase el cartel que dice “Cierra sola”.

Puntual como siempre, se sienta sin mirarme y llama al mozo. Pide dos jugos de naranja y recién me saluda. Esa resolución, la indiferencia con que encara la vida, esa actitud, su cuerpo, sus ojos: comprendo a los que enloquecieron en el intento de poseerla.

Entran dos mujeres y se quedan paradas en el umbral, la puerta entornada. La mesera se acerca, les dice algo, señala el aire acondicionado y ellas asienten. Hay, en esas mujeres, algo que me llama la atención: en cuanto entraron supe que no iba a poder dejar de mirarlas.

Toma un trago largo y me dice que no tengo derecho a divulgarlo todo.

No sé a qué te referís, le digo.

¿Por qué lo tenés que contar así?, me dice.

Vos sabés que cuento las cosas como se me ocurren... a vos siempre te ha gustado.

Y dice: no es eso. Quienes te conocemos nos damos cuenta de que escribís sobre cosas que te pasan.

Escribo sobre el sexo entre hombres y no soy homosexual, le digo, sin dejar de mirar a las mujeres que acaban de entrar: una de ellas saca un pañuelo y se seca la frente. Es la ficción, vos sabés, le explico, mientras las veo sentarse a una mesa. La otra mujer ha sacado una bolsa llena de monedas de su cartera, y ahora saca una, dos, tres monedas y las deja sobre la mesa.

Ella suspira, agacha la cabeza. Dice: me duele, ¿sabés?

Nunca escribí tu nombre, no entiendo por qué…

Me interrumpe: lo de los patos… con qué necesidad. No tenías por qué haberlo escrito, no de esa manera.

Era una manera de describir ciertas situaciones que… que no tienen retorno.

¿Y lo de las tazas de té?

¡Por favor… es ficción!

¿Y lo de aquel muchacho que viaja en busca de una mujer que…?

Por favor, cortémoslo aquí…, le digo y ella me mira, sacude la cabeza.

La mujer del pañuelo mueve las monedas con un dedo, las separa ante la mirada atenta de la otra, que mete la mano en la bolsa y saca tres monedas más. Una mesera les lleva una botella de gaseosa y dos vasos.

Vuelvo a ella: sacude apenas la cabeza, le tiemblan los labios.

No tenés derecho, me dice. Yo no tengo por qué enterarme con cuántas te acostás, no con esa cantidad de detalles…

Nunca escribí tu nombre, le repito. Callamos un instante. Me quedo mirando a las mujeres que acaban de sentarse: no dejan de observar el lugar, la gente, el techo. Han apilado las monedas al lado de la botella.

Dice: no es una cuestión de nombres… hace unos días alguien me envió uno de tus textos. Me dijo que estaba seguro de que lo habías escrito pensando en mí.

Digo: ¿quién será?… debe ser un lector agudo para sacar semejante conclusión.

No te importa nada… y lo peor es que a esta charla, también, la vas a divulgar, dice. Se calla y sospecho que no va a volver a hablar.

Le digo que esta situación se parece a un relato de Carver. Un relato que ella no ha leído, porque lo odia, porque considera que sus textos son terriblemente crueles y llanos, muy limpios, asfixiantes.

No me lo vas a creer, pero esta situación me recuerda a un relato de Carver, repito. Me mira y se encoge de hombros. El protagonista visita a su ex mujer y…

Me detengo y busco una respuesta en sus ojos, un gesto, alguna señal que me permita continuar mi relato; pero ya no me mira. Siento la necesidad de explicarle de qué se trata el asunto, pero sé que no me va a escuchar. Por eso me abandono a la contemplación de las dos mujeres, unas cuantas mesas más allá.

Todavía suena lo último que me ha dicho (no te importa nada… y lo peor es que a esta charla, también, la vas a divulgar). Pienso que podría escribir esta situación, demasiado parecida a un relato de Carver. Incluso, pienso, podría escribirla tal cual escribió él ese relato, imitando su tono, la sintaxis. Sonrío y, sin darme cuenta, sin siquiera medir el peso que cada palabra puede llegar a tener para ella, le digo: pues…es muy probable que esto también sea escrito.

No me mira; aunque está aquí, me ha dejado solo. Me traen la cuenta y pago lo que ella ha pedido. Nos quedamos sentados, en silencio.

Me acuerdo de las mujeres de la mesa del fondo: están paradas; una de las meseras se acerca y ellas pagan con las monedas que han estado contando hace un rato. Comienzan a caminar. No dejo de mirarlas. En el camino, una de ellas roza una cartera colgada de una silla, y la voltea. De inmediato se agacha, la levanta y la entrega pidiendo disculpas.

Vuelvo a nosotros y la encuentro con la mirada puesta sobre los vasos vacíos: sus ojos brillan, aprieta su labio inferior con los dientes. No habla.

Volteo hacia la puerta: las mujeres salen y se quedan paradas en la vereda. Una de ellas intenta cruzar la calle, pero la otra le agarra la mano, la sujeta, sin dejar de mirar hacia arriba. Unos segundos después, logran cruzar la calle y no las veo más.

Al menos podrías haberme dicho cómo se llama ese dichoso relato, me dice, ya de pie, ya de cara a la puerta. Se aleja sin intenciones de escuchar mi respuesta, sin despedirse ni dejar siquiera que yo lo haga. La veo caminar hacia la puerta, salir, y tirar de ella como si ignorase el cartel que dice “Cierra sola”. Cruza la calle y se pierde entre la gente.