La culpa es de Neruda



No pienso ir si no estás vos. Me vas a esperar en la puerta y entramos juntos…

Así le dije por teléfono y ella me respondió, entre risas, que no había problema.

Antes de llegar, la llamé otra vez: ¿estás ahí?, le pregunté.

Claro que estoy, vestida toda de negro.

Llegué con una hora de retraso. Me esperaba de pie, al lado de la puerta. Miraba la pantalla de su celular con insistencia.

He sacado una foto, me dijo. Acercó la pantalla a mi cara. Sólo vi un par de manchas.

Entramos. El salón estaba semivacío: saludé a una escritora, saludé a otro escritor. Todos eran escritores, aunque se decían poetas los unos, narradores los otros.

Ella dijo: amo la última película de Almodóvar.

Asentí, nunca había visto una película de Almodóvar. Agarré una botella de vino tinto; agarré una copa y la llené.

No te sentís cómodo…

Estoy bien…

Vos me dijiste que odiabas a los poetas.

No he dicho exactamente eso.

Alguien interrumpió la charla. Había leído uno de mis cuentos y quería saber cómo era eso de contar dos y hasta tres historias en un solo relato breve. Por un momento se me ocurrió decirle todo lo que pensaba sobre el asunto, pero el vino me obligaba a hablar de cosas sin sentido.

Le dije: leo a Hemingway, leo a Carver...

Yo también los he leído, pero quiero saber cómo es que…

Le dije: al final de la noche vamos a estar todos borrachos. Mañana voy a escribir sobre nosotros y vas a ver cómo es eso de la elipsis.

El muchacho asintió con una sonrisa. Guiñó un ojo y se alejó.

¿Vas a hacerlo?, dijo ella.

¿Acaso me has visto cara de tallerista?

Pasadas las cuatro, salimos del lugar. Yo, abrazado a una botella de vino. Ella, con la mirada fija en la pantalla de su celular. Esperábamos un taxi.

Me apoyé contra un paredón. Ella se paró enfrente, acercó su cara, suspiró cerca de mi boca. Debería haberla besado, pero sentía una leve sensación de pena, no por ella, no por mí. Era la madrugada, la luna detrás de algunas nubes. La ciudad a esa hora.

Le dije: nunca he podido escribir una puta poesía…la culpa es de Neruda.

Me miró, cruzó la boca levemente y se encogió de hombros.

De Neruda, de mi madre, de mi puta infancia.

Por eso los odiás…

Te he dicho que no los odio.

¿Entonces?

No los odio. Cuando era niño, mi mamá tenía un libro de Neruda, recuerdo de algún ex novio.

Dejame adivinar de qué libro se trata.

Yo solía escribir las paredes… todo. Escribía al revés, para leer había que utilizar un espejo. Mi mamá me lo contó.

Son los veinte poemas de amor…

Sí sí…, dije. Tomé un trago de vino.

Todo te lo tragaste, como la lejanía, dijo. La miré, como la había mirado toda la noche.

La culpa es de Neruda…

Por eso odiás a los poetas…

Porque un día, mi mamá se olvidó el libro sobre el sillón. Y lo agarré, lo escribí y lo destruí.

Ella suspiró. De reojo pude ver que sacaba su teléfono. Ya no le importaba lo que yo pudiera decirle.

Destruí ese libro ¿sabés? Y entre nosotros se abrió un abismo. Ahora lo puedo ver, pero de niño no entendía nada.

Ella bostezó. Dijo ahí viene uno vacío, pero yo no le hice caso. seguí hablándole sin que me prestara atención: la vi llorar abrazada al montón de hojas rotas. La escuché preguntarme por qué.

Guardó su teléfono y dijo: por eso odiás a los poetas ¿verdad?

Le dije que la poesía me sonaba a tristeza, a niñez perdida…a ese abismo entre ella y yo. Aunque no lo recordaba, en ese instante había hecho un pacto con mi futuro: yo no sería como ese hombre, el que había escrito el libro que destruí.

¿Por eso odiás a los poetas?, dijo. Una ráfaga de viento movió algunas ramas. A ella, el pelo le tapó la mitad del rostro.

Le dije: yo nunca voy a poder escribir una línea que pueda llamarse poesía.

Me voy, dijo ella.

Pero eso ellos no lo saben… la culpa es de Neruda.

Se acercó a la avenida y estiró su mano. La vi de espaldas, la vi alejarse unos pasos. Subió a un taxi. Se sentó en el asiento de adelante. No dejaba de mirar la pantalla de su celular.

La culpa es de Neruda, le dije, seguro de que ya no me escuchaba, seguro de mi soledad a esa hora de la madrugada. Levanté mi botella en dirección al taxi que la alejaba de mí. Me senté en la vereda y tomé un trago. Y otro. No podía andar por ahí con una botella de vino a medias. Algo así sería lamentable en un narrador que leía a Hemingway, imperdonable.