El viejo


Yo sé que vos te acordás. Estábamos con el porteño, que había venido a pasar las vacaciones. En la casa de Luis, en el fondo, tomábamos cerveza y vos cantabas ¿Te acordás?

Este año tiene que ser, decía Luis, se ilusionaba. Y nos reíamos a carcajadas porque hacía cuatro eneros que decía lo mismo.

Las pibas son como las chapas, decía el porteño y vos cantabas. Una de Serú, de Vox Dei… ese tipo de canciones que cantaban todos los que cursaban, o iban a cursar, el último año de la secundaria.

Vos porque no la conocés. Ella no es como las minas que hay allá, se defendía (o la defendía) Luis.

Dejabas de cantar y le quitabas la botella al porteño y le decías: porteño, vos no la conocés. Tomabas y largabas una carcajada y pedías atención, porque ibas a tocar una que sabíamos todos. Y Luis agarraba otra botella, la destapaba y decía este año va a ser, mientras vos largabas el primer acorde de persiana americana y cantábamos, porque la sabíamos todos.

¿Hará cuánto: tres, cuatro años…? Pobre viejo. A pesar de todo, era buena gente.

Te debés acordar, también, que la flaca te traía loco, y que te enojaste porque el porteño decía que todas eran putas. Luis, pobre, siempre callado, siempre romántico: este año va a ser, decía y nosotros asentíamos, porque hacía cuatro eneros que lo repetía.

No me acuerdo qué canción tocabas cuando escuchamos los gritos de la madre de Luis. Habíamos callado. Más gritos, ahora se lo escuchaba al viejo. Y vidrios rotos, de eso no me olvido.

El papá, había dicho Luis. Vos habías dejado la guitarra sobre el piso y te habías parado, no sé si te acordás. Pero estábamos todos en el fondo, mirándonos sin hablar, mientras Luis entraba en la casa.

Vamos a la mierda, habías dicho, creo.

Y el porteño pedía dos botellas más, para tomar en el camino.

Escuchábamos todo.

Papá, papi, tranquilo. Ahí tenemos cerveza, estoy con los changos, decía Luis. Intentaba calmarlo, pero el viejo no lo escuchaba, gritaba cada vez más fuerte.

Cuando salimos, Luis lo agarraba al viejo para que no le pegara, no sé si te acordás. Y la mamá de Luis, pobre, que aguantaba todo, nos miraba y se metía en la casa.

Vos te quisiste acercar.

Dejálo, Diego, dejálo, te había dicho yo.

Pibe…, gritaba el porteño.

Nos vemos a la tarde, había contestado Luis, sujetándolo al viejo por la cintura.

Ustedes no lo vieron, porque ya caminaban de espaldas a Luis. Pero yo me quedé un rato; vi la caída, no me acuerdo si Luis le pegó al viejo, no me acuerdo ni quiero que sea así.

El viejo había caído y lloraba. Pobre viejo.

¿Te acordás que el porteño se había vuelto? Se había arrodillado y le había dicho: tranquilo tío, tome, y le había dejado nuestra botella de cerveza a medio tomar.

¿Luis? Luis se había quedado un rato mirando el piso. No recuerdo si Luis lloraba; sí, que se agarraba la cara. El que lloraba era el viejo. Ellos no me entienden… no me quieren, así decía el viejo y lloraba.

¿Hace cuánto ya? Tres, cuatro años… no sé. Cierro los ojos y me parece que está pasando ahora. Que ahora son las siete de la mañana y estamos tirados sobre tu vereda. Puedo verlo ahora:

Vos, sentado sobre el cordón, preguntás por la guitarra. El porteño juega con la tapita de nuestra última cerveza y dice que hay que dormir, loco. Y yo, Pobre viejo, seguramente digo pobre viejo.

Pobre el chaboncito, dice el porteño.

Luis, es verdad, pobre Luis, me parece que digo.

Y vos decís que está mal el viejo. Lo veo ahora mismo, aquí, sobre esta mesa que parece un escenario. Decís que está mal el viejo, que ya no saben qué hacer.

Tuvieron que esconder el botiquín, ya no lo pueden controlar, decís vos. No sé si te acordás, pero yo lo estoy viendo ahora, aquí, sobre la mesa de este bar.

Porque esa mañana, aunque vos no te acordés ahora, habíamos hablado también de esto. De lo que hoy todos llamaban el desenlace, mientras volvíamos del cementerio. Claro, se veía venir. El viejo no iba a aflojarle así nomás.