Dos vasos vacíos


Salís con varios litros de cerveza recorriéndote el cuerpo, y dos vasos llenos. Acá, la noche es corta.

Vas solo. Tus amigos te dejaron por un par de piernas.

Y vos también buscás tu par, y no encontrás otra cosa que borrachos y más borrachos. Todos se te parecen.

Te sentís boludo y fracasado, hasta que ves venir ese par de tetas que te salvó el verano, dos años atrás.

Como un péndulo, la mina, parece que tomó más que vos.

Ni se saludan y ya le entregás un vaso y le decís: lo estuve guardando para vos. Y ella toma un trago y te besa. Transan. No es una película, es de noche y están borrachos. Eso lo explica todo.

Transan y ella toma y te vuelve a besar. A cuántos habrá besado antes que a vos, a lo largo de toda la noche. Mejor no imaginártelo.


Encuentran un baldío, la oscuridad cómplice. Caen los vasos, los restos de la cerveza salpican tus zapatillas, pero no importa. Lo conseguiste campeón, tu merecido par de piernas.

Y ya casi ocurre pero ella no se siente bien. Dice que le da vueltas todo y que necesita un baño. Te imaginás: ¿qué puede pasar si la seguís besando?

La soltás y le decís que no hay baño, que se las arregle ahí, y le señalás un árbol.

Y salís a la calle. Vas a esperar cinco minutos, un poco más. Y vas a volver, pero no la vas a besar.

Pensás, te imaginás lo que le vas a hacer.

Y cuando la buscás no está. Se ha ido, o la han llevado. O nunca la encontraste. Nunca estuvieron juntos. Sobre el piso, los dos vasos, vacíos. Y te vas, mirando las gotas de cerveza sobre tus zapatillas.