Conciencia de la muerte


Entonces soltó una carcajada, me agarró del mentón y me besó.

Entró a su casa sin hacer ruido y cerró la puerta. Era tarde. Seguí parado, respirando despacio, sintiendo cómo el aire inflaba y desinflaba mi pecho.

Algo se había puesto en marcha. Comencé a percibir el paso del tiempo, de la noche. Supe que no había vuelta atrás.

Miré la línea de luz, que salía por debajo de su puerta y que de repente desaparecía. El silencio total dentro de la habitación, ella por dormir: eso no lo veía, pero podía sentirlo profundamente.

Tan profundamente como el cielo, que ahora miraba, sin siquiera moverme: vulnerable como yo, desnudo. Estaba totalmente limpio, ahí no había nada que no le perteneciese: sólo la oscuridad, un montón de estrellas, la luna. Ni una nube. Ni siquiera un avión.