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Casi todas las noches, más o menos a esta hora, miro a través de mi ventana. Los autos, la calle, las copas de algunos árboles, los semáforos. Algún que otro peatón.

Intento sin éxito imaginar las innumerables historias que fantasea la ciudad. Sucesos velados para quienes, como yo, prefieren el encierro y la contemplación.

De vez en cuando, otra ventana, a una calle de la mía, se abre. Desde ahí, alguien mira cómo lo miro: nos miramos.

El encuentro dura escasos minutos. Los suficientes como para que considere esto como una forma, aunque primaria, de comunicación.

Ocurre a menudo.

Su ventana se cierra primero, la luz se apaga.

Y de vez en cuando, si las palabras se apiadan de mí, hilvano párrafos que, como botellas al mar, lanzaré a este inentendible harapo informático, en busca de alguna respuesta.