Una taza sobre otra


Me dice que ya casi se había olvidado de mi voz. Le digo que, de todas formas, no es la misma. Reímos, sospecho, sin conocer el motivo.

Nos miramos, tratamos de encontrarnos. No es fácil, el tiempo ha hecho estragos.

Le pregunto si quiere tomar algo. Me dice: café.

Mientras lo preparo, charlamos, sólo por temor al silencio.

Temas intrascendentes. Afuera hay sol, aunque anuncian lluvias para la noche.

Recuerdo una película: veinte años después, él vuelve a buscarla, a saldar una deuda. Ella es una jueza o algo por el estilo. El final: se miran a los ojos y cierran la puerta del despacho. Siempre traté de imaginarme qué ocurría después, qué hacían.

Ella dice: linda oficina.

Y yo: está un poco desordenada.

Y ella: no más que mi vida.

La miro y pienso: comentario fuera de lugar. Y de inmediato intento una sonrisa amable.

Charlamos sólo por temor al silencio. Afuera hay sol, aunque comienzan a levantarse algunas nubes sobre el horizonte.

Y me dice: lo último que pude decirte fue que estaba embarazada.

Yo, sin poder mirarla a los ojos: y lo demás fueron cartas, llamados telefónicos. 

Y me dice que la perdone. Hay una parte de ella que el tiempo no ha tocado. Hay un punto en el cual nuestras vidas se cruzan en un acontecimiento imperecedero.

Yo le pregunto por qué y ella me da la espalda. Se acerca a la mesa, mueve las tazas vacías: acomoda una sobre la otra. Y vuelve a pedirme perdón.