Revisitación



Les digo: No busquen más al asesino: la maté yo.

Los ruidos de la ciudad, ronquidos crudos y desafinados, como guitarras punks a toda furia. O la canción que escuché en la radio esta mañana: su letra es un misterio, pero guardo la silueta de su melodía. Nada de eso borra las palabras, que me parecen salidas de una película o de algún libro de ficción. Las repito una y otra vez, mientras esquivo gente y cruzo calles.

De a poco, las nubes comienzan a abrirse. Veo un pedazo de cielo, recortado por las crestas de los edificios. Anochece. Y de repente, retazos de aquella misteriosa canción vuelven a mí: en tiempos tan oscuros nacen falsos profetas y muchas golondrinas huyen de la ciudad, el asesino sabe más de amor que el poeta y el cielo cada vez está más lejos del mar.

Para cuando yo llegue, ya habrán cubierto su cuerpo con bolsas. No me cuesta recordar el lugar. Las luces comienzan a escasear, el paisaje suburbano a insinuarse. Los pasillos, los callejones, traman laberintos. Y dentro de los laberintos, un montón de oscuridades se juntan y se rozan. Forjan una obra que, concluida, se llamará "La Noche".

Parece que demoré bastante porque, cuando llego, su cuerpo no está más. En su lugar, un charco oscuro refleja las luces del patrullero. Un hombre fuma y me mira. Los otros se mueven despacio, hacen bromas, miden una y otra vez el lugar. El hombre del cigarro, el que me ha mirado, ahora los mira a ellos. Se acerca al charco oscuro, señala en diferentes direcciones. Camino hacia él.

No busquen más al asesino: la maté yo.

Estoy a punto de tocarlo, pero alguien me agarra del brazo. El hombre del cigarro, el que ya me había mirado, voltea y me mira nuevamente. Pocos centímetros separan sus ojos de los míos. Se aleja unos pasos, me mira de arriba abajo y dice: sabía que ibas a volver. Los demás me miran. Miran mi ropa y mis manos, las manchas ya oscuras.

Veo caer la colilla, veo su pie que la pisa y digo: no busquen más al asesino: la maté yo.