La fiesta



a M.A.B.


Van hacia el norte, sin prisa. Algunas, las más bajas, caen a pedazos, dejan sus trozos sobre los cerros. Temporal, dice, sin dejar de mirarlas: van hacia el norte, empujadas vaya a saber por qué viento, que nosotros, acá, no percibimos.

Gastón ¿estás seguro?, le digo. Saca un cigarro, lo prende. Me mira, en silencio. En su cara se mezclan las noches sin dormir, el llanto, los años: los efectos de la vida.

Gastón tiene un pasaje de ida. Carga una mochila y una bolsa llena de cartas, tarjetas: ese tipo de objetos que adornan al amor. ¿Estás seguro de que acá también para?, dice, mientras tira la colilla.

Seguro, le respondo sin mirarlo. Está loco: ha encontrado fotos y cartas de un amor que tuvo su novia, tres veranos atrás. Ella había recorrido América y, en Bolivia, había tenido una aventura con un músico. Gastón ha visto y leído todo. Y está como loco. Aunque no lo demuestre, está loco.

Ahora se va porque su novia ha preparado una fiesta, para anunciar que se casan el año que viene. Él la ha ayudado en los preparativos. Ahora mismo deberíamos estar volviendo: ella nos ha mandado a comprar los vinos.

Van hacia el norte, empujadas vaya a saber por qué viento, que nosotros, a la orilla de la ruta, no percibimos. Ellas ¿lo percibirán? ¿Sabrán qué es eso que las empuja, las desarma, las deforma?

Somos como ellas.

Sabés que no está bien… no tendrías que haberlo solucionado así, le digo. Me mira y me dice que no lo voy a entender. Y es verdad, no lo voy a entender. Él tampoco me entiende. Piensa que voy a contárselo todo a ella. Y lo ha planeado así. De lo contrario, no hubiera confiado en mí. La novia de Gastón es mi hermana.

Atardece y no se nota. Gastón me mira. Ahí viene, dice. Abro mi campera, saco el libro de un bolsillo interno y le digo que lo agarre.

Lo mira y dice: ¿y eso?

He señalado párrafos que te van a servir, no sé. Ahí vas a encontrar gente con problemas. Como el tuyo, como el mío… cosas así.

Son cuentos, Gabriel. Esa gente es de mentira, dice Gastón. Guarda el libro y se para sobre la ruta. Estira uno de sus brazos, se mira la mano. Está lloviznando, dice.

La puerta del colectivo se abre lentamente y él muestra su boleto.

Creeme, Gastón. Esa gente es de verdad. En los cuentos, en muchos libros… esa gente ha existido, existe. Como vos y como yo…

Me da la espalda y sube. Lo veo errar por el pasillo, buscar su asiento. El colectivo comienza a moverse, siempre con la misma lentitud, hasta entrar por completo en la ruta.

Atardece y no se nota, porque durante el día no hubo mucha luz. La ruta se ve más oscura; el pasto de la orilla, más verde. Ahora el viento mueve algunas ramas, me despeina. Los cerros han quedado cubiertos, como si el espacio entre cielo y tierra se hubiera estrechado de repente. Y ellas ya no avanzan, ni retroceden. Están ahí, cubriéndolo todo. El cambio, lo impredecible. Somos como todo eso: ni más, ni menos.