La Caída


El criminal se agazapa, se esconde, pero siempre deja la cola afuera, que es por donde lo toma la justicia.

José Hernández


Canarito está apoyado contra la pared. Ha tomado un trago de vino con gaseosa, le hace la última seca al cigarro y lo tira. Se queda un instante mirando la colilla, que todavía humea.

El Sapo se divierte apostando una cerveza a que escupe más lejos ¿Alguno se le anima? Sí, hay uno. Canarito no lo conoce, pero lo mira y sabe que va a perder. El Sapo siempre gana las apuestas, de cualquier manera. Así que se para al lado de su oponente. Escupen. Canarito mira al Sapo: es el mismo que horas antes le ha reventado la nuca a un hombre, en la puerta de un autoservicio. Es probable que la policía los busque por eso. Quizá el Sapo lo sospeche, pero no parece preocuparse: se muestra feliz y juega como un niño.

Debería levantarse, irse: Canarito sabe que si lo agarran le van a cargar un muerto a él también. Aunque haya estado desarmado en ese momento, aunque explique que no sabía que el Sapo iba a disparar. Aun así, le van a cargar un muerto.

Y sin embargo, no se mueve. Tirado contra la pared, mira al Sapo ganar su apuesta: es quien escupe más lejos. Todavía no se le ha ido el sabor del último cigarro y ya saca otro; mientras le hace la seca larga para que prenda, el Sapo le acerca una botella de plástico cortada a la mitad, llena de cerveza con gaseosa. Es la apuesta, Canarito, le dice. Tomá, salú.

Canarito toma un trago, largo como de costumbre, sin pestañear siquiera. Se miran sin hablarse. El Sapo le da la espalda, camina unos pasos y se detiene. Se vuelve y le dice que no siempre se gana. Y que empatar no existe. Está acuclillado, lo mira a los ojos y le habla con un tono suave, como nunca antes lo ha hecho, con una mano sobre el pecho de Canarito y bebiendo del mismo vaso. Canarito lo escucha callado.

Vos quedáte en el molde, dice el Sapo. Mirá ¿ves allá, ese Taunus hecho mierda?

Canarito mira: hay un Taunus desarmado, sin puertas ni vidrios, sin capó ni motor.

Si llega la cana, te tirás ahí, dice el Sapo. Tiráte abajo, ¿sí?

Canarito asiente. No lo mira, pero le dice que sí, que así lo va a hacer. Pasan unos segundos en silencio. De golpe, Canarito le pregunta si está seguro de que van a llegar. El Sapo le dice que no, que lo sospecha.

¿Qué vas a hacer si vienen?, pregunta Canarito.

El Sapo ríe: nada. De esta no salimos limpios ninguno de los dos. Lo tuyo no va a ser tan jodido: te van a guardar un tiempo. Si te hacés bien el boludo vas a ver cómo te largan en un rato. Pero si me cazan a mí, no salgo más. No salgo más, por eso me la tengo que jugar, dice el Sapo y vuelve a callarse. Se para y le estira la mano: dale, Canarito, vamos a chupar.

No. Dejame acá nomás, tranqui.

El Sapo le da la espalda y se va. Comienza a sonar una canción, alguien sube el volumen y la música borra por completo las risas y las conversaciones.

Canarito mira alrededor: casi todos están borrachos. Y los que no, están a uno o dos vasos. Los conoce bien: arrebatadores la mayoría, un motochorro. También está el díler del barrio. No son gente de confiar, todos merqueros. Ni siquiera lo miran. No lo han hecho desde que llegaron. El Sapo baila cumbia solo. Tampoco lo mira, parece haberlo olvidado. Todos parecen haberse olvidado de Canarito, que ahora saca su paquete de Richmonds y saca un cigarro. Comienza a fumarlo tranquilo; resignado, más bien. Con miedo, quizá. Mueve el pie, le tiemblan las manos.

En media hora verá las ramas de los árboles; verá las luces de los móviles reflejadas en ellas. Se parará y se quedará mirando hacia la puerta. No hablará, se va a quedar mirándole la cara al Sapo, viéndolo bailar solo, dando vueltas al ritmo, con la camisa abierta a medias y la mirada perdida. Canarito se arrodillará y mirará hacia el Taunus. Sin perderlo de vista, gateará hasta él. Va a sonar el primer tiro. Imposible distinguir desde dónde. Ya debajo del Taunus, va a ver a los amigos del Sapo desparramarse. Algunos empuñarán su arma y buscarán el lugar apropiado para disparar. Otros intentarán escapar. Habrá uno que, al ver a Canarito debajo del auto, intentará refugiarse también. Correrá hacia el Taunus pero un balazo le reventará la oreja. Canarito lo verá golpear su cara contra el piso y verá su cuerpo tendido, sacudirse unos segundos.

Ahora larga el humo en un suspiro y tira la cabeza hacia atrás. Se queda mirando las ramas del siempreverde, quizá por ver algo diferente a lo que siempre mira: borrachos, cajas de vino, monedas, botellas de cerveza, balas, putas, colillas, sangre.

Fuma y mira hacia arriba, buscando el cielo. Y sólo ve las ramas que, aunque no lo sabe, le anunciarán la llegada de la policía. Cuando eso ocurra va a hacer lo que el Sapo le ha dicho. Verá caer a uno, baleado en la oreja. Más allá verá dos, tres policías vestidos de civil. Detrás de ellos, un enjambre, vestidos de negro. Oirá varios disparos, gritos. La cumbia sobrevivirá a todo. Verá caer a un policía, agarrándose la panza con las dos manos, olvidando la nueve en cualquier lado. Verá a dos amigos del Sapo caídos, ya muertos. Y por fin lo verá al Sapo, arrodillado, apoyado contra la pared. Ya sin su fierro y con dos agujeros en el pecho desnudo, la camisa manchada. El Sapo le devolverá la mirada. Mirará hacia el Taunus, quizá para asegurarse de que Canarito le ha hecho caso; después apoyará su frente en el suelo, se tirará, primero boca abajo, después de costado. Y se quedará quieto.

Por ahora el Sapo sigue bailando solo, con los brazos abiertos, dando vueltas como un trompo. Canarito fuma y mira alrededor. Todos lo ignoran. Debería levantarse, salir corriendo. Sin embargo, lleva el cigarro a la boca, chupa, larga el humo en un suspiro y tira la cabeza hacia atrás. Se queda sentado, mirando hacia arriba.

Le hace la última seca al cigarro y se para. La tiemblan las piernas. Se arrodilla para gatear hacia el Taunus y voltea hacia las ramas del siempreverde para asegurarse: sobre ellas bailan ráfagas de luz. Al rato suena el primer tiro.



Relato publicado

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