El penúltimo punk




Nacemos y morimos a cada rato. Morimos siendo alguien y nacemos otro totalmente distinto. A eso, algunos, le llaman experiencia.

Angelito murió con su vieja, y volvió a nacer cuando un hombre, que decía ser su padre, llegó borracho al entierro y le quiso pegar al cura. Lo que siguió forma parte de un cuento de Raymond Carver, aunque Angelito no lee.

Escucha música, Angelito, que desde ahora es Ángel: lo ha dejado la primera y, muerte y nacimiento mediante, se ha recibido de semihombre. No sabe, pero todo lo que le espera va a ser así. Los hombres no lloran, se dice mientras debuta como alcohólico.

Las cosas que escuchaba de chiquito, las repite ahora. Parece que ya no hay quién se las diga. La adolescencia es sentirse desnudo y solo.

Ángel abandona la secundaria, consigue una guitarra (todos saben que la ha robado, nadie dice nada), empieza a trabajar. La merca, las putas, el alcohol. Muere y nace una y otra vez, siempre distinto.

Su viejo ya es una ficha más en la morgue y de él, Ángel sólo guarda un regalo de navidad, y el puño apretado golpeando a su madre.

Al menos para Ángel, la vida no es triste: el punk, las putas, mucha merca. Entra y sale de la comisaria, y en el puño apretado del comisario reconoce el de su padre.

El punk, los ramones (Sid Vicious es un nabo, dice), la cerveza. Se pasea por la calle, semidesnudo con la guitarra a cuestas. Los pubs estallan cuando suena el primer acorde (casi siempre un Do mayor que más bien suena a Si).

Dice y escribe cosas que nadie entiende y, por eso, los adolescentes lo adoran. El resto de la sociedad lo repudia, les horroriza tanta desnudez.

Pronto va a ser remera.

Mientras tanto, se muere y nace otro distinto, casi todos los días.