Destinatario incorrecto


Le dije, por teléfono, que algún día se acordaría de mí, que cuando todos hablaran de mí...

Me interrumpió y me dijo que cuando eso ocurriese ella iba a ser primera dama. Se rió y colgó el teléfono.

Me prometí que no íbamos a morir sin que ella volviera a saber de mí.

Años malviviendo, escribiendo para diarios digitales sin reputación, limpiando pisos de burdeles, emborrachándome con cualquiera en cualquier lugar… hasta que un premio me abrió algo más que las puertas de la literatura. Era un escritor joven y talentoso, según los diarios y revistas que pagaban por publicar dos líneas escritas por mí.

Cada tanto, buscaba los recortes de los periódicos en donde se hablaba de mí, y los metía en diferentes sobres. Lo mismo hacía con libros o cualquier otro objeto que probara mi éxito.
Una mañana, abrí mi ventana y vi que llovía. Recordé otra mañana, la misma lluvia. Busqué entre mis libros y encontré, entre las hojas de un libro de Salinger, un papel, una dirección escrita en él, un número de celular que seguramente ya no era suyo.
Desde entonces, cada dos meses, enviaba un sobre hacia Tucumán, a la dirección escrita en el papel.

Estoy convencido de que la vida imita algunas tramas de ficción. Por eso, no me sorprendió que, para que esta historia fuera perfecta, yo tuviera que volver a su ciudad.

Acababa de brindar una conferencia en la facultad de letras, en Tucumán, cuando una persona de la organización se acercó y me dijo que alguien quería hablar conmigo.

Se me ocurrió que podía ser ella, arrepentida, que me buscaba para pedirme perdón. Miré hacia la puerta: era un hombre. Podía ser su novio, su marido...alguien enviado por ella.

Lo veo venir, con varios sobres bajo el brazo, agarrando una bolsa llena de libros.

No me dio tiempo a decir nada, ni siquiera a saludarlo, preguntarle qué quería. Se me paró en frente y me dijo: le ruego, Gabriel, por el amor de dios, que deje de enviar esto a mi casa. Le he dicho a los del correo que en mi casa no vive ninguna Cecilia, pero ellos no pueden hacer nada. Por el amor de dios, hagamé el favor, dejesé de enviar esta cantidad de papeles, que en mi casa no vive ni vivió Cecilia alguna.

Me dejó todo sobre el escritorio y, así como había llegado, se fue.