La tormenta de ayer


Escribí este texto para tranquilizarme. Era de noche, afuera llovía y parecía que nunca iba a parar.

Otra más de ayer, de cuando empezó la lluvia.
Vos estabas parada al otro lado del abismo: habías bajado de la cama, me mirabas y te reías, con una remera en la mano, con tu pecho desnudo.
Usabas la remera para taparte la entrepierna.
Le dabas la espalda a la ventana. Te miraba y era imposible evitar ese trozo de cielo negro, acechándonos ahí afuera.
Tenías una piel más blanca que todos los relámpagos que le daban forma a las nubes. Tenías, también, una sonrisa amplia y tus ojos disparaban mensajes que yo no llegaba a descifrar.
Te dije va a llover.
Y vos comenzaste a vestirte, mientras yo te miraba y miraba también lo poco del cielo que tu cuerpo dejaba ver.
Era como si las nubes vinieran a nuestro encuentro. Era como si alguien, no me imagino quién, estuviera soplando desde adentro del cielo hasta inflar las nubes. Se va a meter la tormenta en esta pieza, pensé.
Después vino un rayo y acabó con la luz de toda la casa, nos quedamos a oscuras.
Después vino la lluvia. Y tuvimos que cerrar la ventana, porque llegaba desde el sur y se metía en la pieza (justo como lo había pensado unos minutos antes).
Después me arrodillé, te abracé, apreté mi cara contra tu panza. Me acariciabas el pelo con una mano. Con la otra, sostenías la cámara y tomabas fotos (la oscuridad, la tormenta, las casas y los autos, las nubes, todo iluminado por los relámpagos).
Ocurrió antes de que empezara la lluvia. No sabíamos que iba a durar toda la noche. Ni la inundación, ni la madrugada con los pasillos llenos de agua pueden verse en esta foto de la tormenta de ayer.