Ropa Barata

Relato surgido de una noticia leída en policiales del diario La Gaceta. Escribí lo que me imaginé mientras leía.
Es un lugar  pequeño, ubicado a mitad de cuadra. Las letras azules, sobre la pared, rezan Comisaría.
Hay poca luz adentro, y mucho olor a tabaco. Hay una mesa y tres sillas. En una está sentado el comisario Moreno. Del otro lado de la mesa está sentado un joven. El cabo Vallejo, de pie, mira la máquina de escribir que está sobre la mesa, .
Vallejo, vaya y busque al testigo. Mientras tanto, voy a ir hablando con el joven, dice el comisario. El cabo Vallejo asiente y sale. El comisario se muerde el labio inferior y saca un cigarro. Se seca las comisuras con el índice y el pulgar de la mano izquierda y mira al joven. Prende el cigarro y le pregunta cómo pasó todo.
El joven inicia su relato: yo lo único que hacía era mirar ropa, ropa interior para minas cuando escucho que…
El comisario cierra los ojos y niega con la cabeza, en silencio. Le pide que empiece de nuevo, que cuente todo desde el principio.
Bueno. Yo entré en la tienda y…
A ver si me entendés. Quiero que me contés qué hacías ahí, de dónde venías…Todo, con detalles ¿Sí?, insiste el comisario.
¿Le cuento todo?
Sí, todo.
Bueno, dice el joven y acomoda su garganta, se mueve un poco, como si buscara la postura adecuada. Mira un rato hacia el techo y mueve las piernas. Por fin comienza a hablar: yo iba a la tienda a buscar un regalo para mi novia, que cumple años el sábado. No tengo mucha plata y no tengo laburo ¿Vio? Se pone difícil cuando hay que hacer regalos, así que uno se la rebusca y…bueno, a mí me habían dicho que ahí vendían cositas para regalar, a buen precio. Por eso fui, a eso nomás, a buscar un regalo…
Ajá, un regalo para tu novia ¿Y tenías plata?, dice el comisario, al tiempo que arruga la colilla contra la base del cenicero.
Sí. Quince pesos. Poco, pero peor es nada ¿No?
Huuummm, sí. Ahora contáme desde que entraste a la tienda. Cómo pasó todo.
Entré por la San Juan ¿Vio que tiene tres entradas distintas?
El comisario asiente en silencio.
Había un montón de gente, porque el domingo es día del padre ¿Vio? Yo me fui directo al sector de la ropa para chicas. No sé nada de bombachas, pero mi hermana me había enseñado cómo buscar. Es por el tema de las medidas ¿Vio? Los estantes estaban repletos de cajas y ropas, así que comencé a buscar la medida sin descuidar el precio. A mi lado había dos señoras y nadie más; tenía vergüenza señor, rodeado de bombachas y corpiños…encima era el único varón ahí. El resto de la gente estaba en lugar de la ropa para hombres. Me llevó un tiempo hallar un juego de ropa interior de la medida que buscaba, pero costaba veinte pesos. Igual lo separé y…
El comisario entorna los ojos y lo interrumpe: me has dicho que llevabas quince pesos ¿Por qué lo has separado si no te alcanzaba para pagar?
No sé…la verdad, no sé. Lo separé sin pensar.
El comisario sonríe. Saca un cigarro y lo pone entre los labios, no lo prende. Ajám…continuá, dice.
Y bueno, yo seguí buscando algo más barato hasta que pasó eso.
¿Qué es eso? ¿Qué pasó?
Eso, lo que usted ya sabe.
No sé nada, contáme.
Está bien. Mientras yo buscaba entre cajas y bombachas, escuché la voz que venía de los parlantes. Después siguió la música, pero al rato la voz insistió. Primero no le di mucha importancia, pero la voz insistía. Presté atención y decía se solicita la presencia del personal de vigilancia en el sector ropa femenina, algo así. Yo estaba ahí, entonces miré a los costados. Pero no pasaba nada, salvo las señoras que me miraban y hablaban entre ellas. La voz insistía desde los parlantes y la gente miraba, estiraba el cuello; yo también lo hacía. Desde la puerta, dos hombres se abrían paso entre los clientes, se dirigían al sector de ropa femenina, o sea, hacia donde yo estaba; las señoras me señalaban, mientras la voz desde el parlante decía joven sector ropa femenina y yo miraba a mi alrededor y no había otro joven, sólo yo…y…y…
La voz del joven se corta. Baja la mirada y se tapa la cara. El comisario prende el cigarrillo y sacude la cabeza. Chasca la lengua y lo tranquiliza: calmesé joven, no comience a lagrimear.
Perdone. Es que fue todo tan raro, porque los tipos se acercaban con la mirada fija en mí, mientras la voz desde el parlante decía pantalón azul remera negra y yo miraba mi yin azul y mi remera negra y cuando acababa de darme cuenta de que era a mí al que describían ya tenía uno agarrándome del cuello y los otros dos sujetándome pies y manos…pero señor le juro que yo no hice nada, sólo buscaba ropa barata…
La voz del joven vuelve a cortarse. Esta vez, se quiebra. Llora sin consuelo mientras intenta seguir con su relato. El comisario ya no le presta atención, mira hacia afuera: el cabo Vallejo cruza la calle; a su lado camina un hombre, seguramente el testigo.
Bueno, bueno… Tranquilizáte, dice el comisario. Vallejo asoma su cara a través de la puerta entornada y el comisario le indica, con una seña, que pase. Amigo, le ha faltado contarme qué hizo con la ropita que había separado, pero no importa, dice el comisario.
El cabo abre la puerta y pasa, dice que afuera está el testigo. El comisario asiente.
Vas a esperar un rato en la piecita del fondo, dice el comisario. El joven, que se había tranquilizado, vuelve a romper en llanto.
No llore joven, los hombres no lloran. Venga, Vallejo, acompañeló.
Vallejo agarra al joven del brazo y lo lleva, casi arrastrándolo, hacia una pieza del fondo que ellos usan como calabozo.
Una hora después, el testigo se retira. El comisario y Vallejo fuman, apoyados contra el marco de la puerta. De a ratos, el joven llora y los gritos llegan hasta la calle. Anochece.
Si sigue así no va a dejar dormir a nadie, dice el cabo.
Tiene razón, Vallejo. Algo habrá que hacer para que se calle, no sé.
A mí, comisario, me tienen podrido. Se mandan la macana y después arman semejante escándalo.
Y sí, Vallejo… pero éste me dio un poco de lástima.
Tal vez porque es pichón, no debe tener más de quince. Qué le parece a usted, comisario ¿Dirá la verdad?
No sé, Vallejo. Ni siquiera sé dónde está la bombacha que se perdió, dice el comisario; tira la colilla y levanta la vista: aparecen las primeras estrellas. Vallejo mira la hora y entra, prende la radio justo cuando comienzan a cantar los grillos.